lunes, 9 de mayo de 2011

Héroe americano regresa a casa




Kennet Bayne, de 83 años, recibió la normalmente temida llamada del Ejército el pasado 23 de marzo. "Hemos identificado el cuerpo de su hermano. Llegará en una o dos semanas", le dijeron. Con las guerras de Irak y Afganistán, esa ha sido una llamada habitual para muchas familias norteamericanas en los últimos años. La diferencia, en el caso de Kenneth, es que su hermano, el héroe de guerra Robert Bayne, murió, a los 26 años, en la Segunda Guerra Mundial, cruzando el río Rhin cerca de Mannheim, en los últimos meses de encarnizada lucha contra los nazis. Había cuatro soldados del Ejército norteamericano en aquella misión de alto riesgo. Tres resultaron muertos. Sólo se recuperaron los cadáveres de dos. Uno de ellos, el propio Robert, quedó sin identificar durante 66 años. Hoy será enterrado en el cementerio de Dundalk, en Maryland.

Robert Bayne no se alistó en el Ejército el siete de junio de 1944 por obligación. Huérfano de padre, su sueldo en la empresa Western Electric en Baltimore mantenía a toda su familia: a su madre Katie; a sus hermanos, los gemelos Kenneth y Calvin, y a su hermana Florence. Aquel era motivo suficiente para quedar exento del servicio militar, que entonces era obligatorio. Robert, sin embargo, era un patriota. Vio a los hombres de su edad marcharse al frente y quiso servir a su país del mismo modo. Hizo a su madre firmar un documento en que le permitía acudir al frente y así lo hizo, para morir menos de un año después, el 28 de marzo de 1945, en una misión de alto riesgo, nocturna y voluntaria. La guerra acabó menos de seis meses después.

"Durante 66 años, no se nos notificó que unos restos encontrados en el Rhin podían ser los de mi tío", explica a EL PAÍS Kenneth Bayne, de 45 años, sobrino de Robert. "El problema fue una discrepancia en su registro dental. Parece que mi tío sufrió daño en su dentadura momentos antes o después de su muerte en aquella operación. Al no haber una coincidencia exacta entre el cadáver y los archivos del Ejército, no se pudo certificar su identidad. Se le enterró como un soldado desconocido en un cementerio [en Draguinan,] Francia. Con los nuevos desarrollos en identificación por ADN, en el Pentágono pudieron reabrir el caso y nos enteramos de la existencia de aquel cuerpo, que era el de mi tío, hace poco más de un mes".

Hubo más de 74,000 soldados norteamericanos desaparecidos en Europa en la Segunda Guerra Mundial. El Departamento de Defensa cuenta con un comando conjunto de identificación de Prisioneros de Guerra y Soldados Desaparecidos en Combate, con base en Hawái, donde se trabaja para identificar a cientos de cadáveres de diversos conflictos pasados, sobre todo de la segunda Gran Guerra, de la Guerra de Corea, de la Guerra Fría y de la Guerra de Vietnam. "Tenemos un equipo de 600 personas, que comprende a funcionarios, lingüistas, forenses, odontólogos, analistas de inteligencia, especialistas de explosivos y artillería, investigadores, archivistas y decenas de otros especialistas", explica Larry Greer, portavoz de la Oficina de Prisioneros de Guerra y Personas Desaparecidas del Pentágono.

"A diario, equipos individuales registran todo tipo de archivos antiguos aquí y en EE UU y en las instalaciones de nuestros antiguos enemigos. Ese tipo de investigación nos permite desplegar equipos de investigación a hacer trabajo de campo, entrevistando a ciudadanos, localizando puntos de enterramiento o donde fallecieron soldados y recomendando puntos de excavación si hay suficientes pistas. En el caso del soldado raso Bayne, sus restos fueron localizados en Francia", explica Greer. La labor de estos equipos se ha visto facilitada enormemente por los recientes desarrollos en identificación a través de muestras de ADN, algo que se utiliza en el 85% de casos de ese tipo en los que a día de hoy trabaja el Pentágono. Según explica Greer, "el ADN de los restos de un soldado se contrasta siempre con el ADN de un familiar de consanguineidad por vía materna".

Robert Bayne regresó finalmente a EE UU el pasado cuatro de mayo. De sus hermanos, sólo sobreviven los gemelos Kenneth y Calvin, de 83 años. Al saber que el cuerpo de su hermano volvía a casa, colgaron una foto del fallecido, vestido con su uniforme, antes de marchar al frente en el que había de morir, en la ventana de su casa en Dundalk, Maryland. Ambos se encontraban en el aeropuerto Thurgood Marshal de Baltimore cuando llegó el ataúd, cubierto por la bandera norteamericana. Aunque el Ejército les había pedido que se mantuvieran en firmes durante la breve ceremonia, Calvin no pudo evitar la emoción y corrió a besar la bandera. Habían sido 66 años de espera. Y su hermano, el héroe de guerra, estaba por fin de regreso en la patria por la que dio su vida.

Fuente original: El País

Los hijos de Goebbels

Aunque nuestra bitácora recoge héroes de guerra, quiero hacer un inciso y relatar parte del extenso reportaje sobre los hijos de Goebbels en el blog, en homenaje a todos los pobres niños que han sufrido por culpa de sus padres un destino trágico y cruel... héroes a su manera.



Goebbels, La Familia, estaba compuesta por cinco hijas y dos hijos, el Ministro de Propaganda Nazi Joseph Goebbels y su esposa Magda Goebbels. Todos los hijos que tuvo la familia serían asesinados por sus propios padres en el Bunker de Berlín el 1 de mayo de 1945, poco antes de sus padres se suicidaran.

Algo que es desconocido por la mayor parte de los aficionados es que Magda Goebbels tenía un hijo mayor de un matrimonio anterior (y por tanto era hijastro de Goebbels) llamado Günther Quandt el cual no murió a manos de su maléfica madre y su tirano padrastro. Es curioso que el nombre de todos los hijos del matrimonio Goebbels fueran bautizados con nombres que comenzaban por la letra H. Algunos historiadores señalan que es posible que sus nombres fueran una especie de homenaje a Adolf Hilter y al nacionalsocialismo pero no existe ninguna tesis que corrobore esta hipótesis, pues ni Magda ni Joseph hacen mención de ello en sus respectivos diarios.
Harald. Harald Quandt era hijo del anterior marido de Magda, Harald Quandt (multimillonario alemán fundador de BMW). El muchacho tenía 10 años cuando su madre contrajo matrimonio con Goebbels en enero de 1931, dos años después del divorcio de sus padres. El muchacho vivió algunos años con su padre natural hasta que Goebbels protestó formalmente por ello, por lo que fue a vivir a la nueva residencia de su madre. El muchacho acompañó algunas veces a su "tío Joseph" a algún discurso vistiendo el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. El joven muchacho participaría en la 2ª Guerra Mundial, alcanzando el rango de Teniente y enrolándose en la Luftwaffe lucharía contra los aliados. Siendo capturado por los aliados sobreviviría a la guerra y a la muerte. Tras la guerra se convertiría en uno de los hombres más millonarios de Alemania tras convertirse en propietario de parte de las fábricas de su padre.

En 1934, Goebbels compro una impresionante casa con sus propios jardines en Schwanenwerder, una isla del rio Havel. También compró un yate a motor para navegar por el río. Los chicos no tenían ponies, pero si un pequeño carruaje para usarlo en los jardines.

La familia también tenia un pequeño castillo cercano a Berlín que era su residencia oficial, aunque realmente solamente era usada como vivienda para los fines de semana. El matrimonio Goebbels quedó muy erosionado a causa de los escarceos amorosos de Goebbels con varias actrices, tanto que comenzaron a vivir separados, y parece que este hecho no pareció ser percibido por los pequeños, pues seguramente pensarían que su padre estaría muy ocupado a causa del trabajo.

A finales de enero de 1944, Goebbels envio a Magda y a sus dos hijas más mayores a un hospital militar para ser filmadas con soldados heridos, pero pronto se abandonó el proyecto porque las terribles heridas de los jóvenes soldados podrían ser demasiado traumáticas para las pequeñas. Cuando el ejército soviético se aproximó a Alemania, Goebbels trasladó a su familia a la seguridad de su residencia en Schwanenwerder. Sus hijos pronto escucharon el ruido producido por la artillería soviética y se preguntaron porque nunca llovía a pesar de escuchar "truenos".

El 22 de abril de 1945, el ejército ruso entraba en Berlín, a la vez que sus hijos hacían lo propio en el Vorbunker, el bunker conectado al Führerbunker debajo de los jardines de la Cancillería del Reich. El líder de la Cruz Roja, el sanguinario Karl Gebhardt (presente en esta obra) se ofreció salvar a sus hijos y sacarlos fuera de la ciudad, pero Goebbels no quiso desprenderse de sus hijos. El coronel F. von Loringhoven recuerda cuando llegaron los niños al Bunker en sus memorias:


«Aquella noche (la noche del 22 al 23 de abril) me encontraba por casualidad en la parte baje de la escalera del búnker cuando vi llegar a Magda Goebbels , una mujer hermosa, muy elegante, seguida de sus seis hijos que bajaban los escalones en fila india. Tuve un mal presentimiento al ver sus frágiles siluetas, vestidas de oscuro, y sus rostros pálidos y ansiosos. ¡Qué idea llevar a unas criaturas tan inocentes a semejante lugar! Si les enviaban a Baviera, no les ocurriría nada. Esos niños, como todos los demás, se exponían a no salir vivos de allí.»


El 27 de abril los niños conocieron a Hanna Reich que llegó al Führerbunker. Hanna Reich recoge en sus memorias este momento:

Cuando entré en la habitación, contemplé aquellas seis hermosas caras de niño, de los 4 a los 12 años, que […] me miraban con viva curiosidad.

Ese mismo día, la secretaría de Hitler escribía lo siguiente en su diario:

«Todos estábamos muy asustados, parecía que las bombas nos caían justo encima, que en cualquier momento íbamos a saltar todos por los aires. Las manos y las piernas me temblaban de tal manera que casi no podía sujetarme en pie. Blondi no sabía dónde esconderse, los niños de lo Goebbels lloraban desconsoladamente. Trauld Junge.»


Junge cuidó de los pequeños cuando a eso de las tres y media de la tarde del 30 de abril Hitler y Eva se suicidaban. Todos los que estaban en el Bunker tenían dos opciones, suicidarse o intentar huir para no caer presa de los soviéticos, que era el peor destino para alguien que había estado tan cerca del régimen nazi. En el Testamento de Goebbels escrito el día anterior a la muerte del Führer, Goebbels decía:

«Por esta razón, expreso en nombre propio, en el de mi esposa y en el de mis hijos, demasiado jóvenes aún para poder manifestarse por sí mismos pero que, de tener la edad suficiente para ello, se adherirían incondicionalmente a esta decisión, el propósito irrevocable de no abandonar la capital del Reich, aun en el caso de que caiga y poner fin al lado del Führer a una vida que para mí personalmente no tiene valor alguno si no puedo dedicarla al servicio del Führer, a su lado»

Los cuerpos de los niños fueron encontrados por los soviéticos el de mayo de 1945 con sus prendas de vestir y los niñas con lazos en sus pequeñas cabezas. Sus cuerpos fueron enterrados con los cuerpos de Hitler, Eva Braun, Krebs, el perro de Hitler y sus padres en tumbas cerca de Rathenow. En los años 70, los restos mortales fueron desenterrados e incinerados para ser tirados a un río.

«Los niños eran inocentes. No se les puede acusar de los crímenes y errores que sus padres cometieron. Fueron asesinados como otras muchas victimas inocentes de la 2ª Guerra Mundial.»


Biografía recogida en el libro EL BUNKER DEL FÜHRER. También disponible una edición de LUJO.
Nota: Las biografías aquí recogidas son un resumen de las aparecidas en el libro citado.

sábado, 7 de mayo de 2011

- Conferencia/Presentación de mi nuevo libro -





Es un placer invitaros a todos a la Conferencia que daré el día 21 de Mayo en el Pabellón de Congresos y Exposiciones de Salamanca (http://www.facebook.com/photo.php?fbid=144287962265168&set=a.155391004488197.33199.100000518952967#!/event.php?eid=212304185460177) aprovechando una convención que hay sobre aficionados a la 2ª Guerra Mundial, momento que también aprovecharé para hablar de mi nueva publicación EL BUNKER DE HITLER que realizare junto a Albertos Mateos Jurado y, sí el presupuesto, el tiempo y dios quiere con Juan Carlos S. C., co-autor del resto de mis publicaciones.

¡¡Allí os espero!!

miércoles, 4 de mayo de 2011

Ganador del Sorteo



El usuario Marc (AKA Fenris) ha ganado el libro de nuestro concurso. Puedes enviarnos un mensaje privado para enviarte el libro o bien para recogerlo. ¡Felicidades al ganador!

martes, 3 de mayo de 2011

Jungle, Traudl. Heroína por cargar con su culpa



Junge, Traudl, también llamada Traudl Humps (su nombre de soltera) nació en la ciudad cuna del nacional-socialismo, Múnich, el 16 de marzo de 1920. La figura de Trauld Junge es fundamental para conocer los hechos ocurridos en el Bunker de Hitler durante la Batalla de Berlín en los coletazos finales de la 2ª Guerra Mundial en Europa. Aunque Hitler tenía otras tres secretarias más (Gerda Christian, Christia Schroeder y Johanna Wolf) su cercanía y amistad con Eva Braun (amante y esposa de Hitler los últimos días de su vida), fue ella y no otra la que mecanografió la última voluntad de Hitler: su testamento político.


En 1942 Traudl Humps se mudó a Berlín donde trabaja su hermana, buscando mejorar su futuro profesional. Es en esta época cuando Traudl conoció a su futuro esposo, Hans Hermann Junge (un joven oficial de las SS que trabajaba en la Begleitkommando SS des Führers. A través de su novio y de sus amigos cercanos al régimen se enteró que el Führer estaba buscando una nueva secretaria privada. Realizó una primera prueba (un dictado) con mucha tranquilidad lo que hizo que apenas tuviera fallos. No ansiaba ni quería el puesto, dado que aún pensaba en convertirse en bailarina junto con su hermana. Poco después fue enviada junto con un grupo de pequeñas jóvenes a la Guarida del Lobo (Wolfsschanze) en tren. Allí se entrevisto por primera vez con el que sería su "mejor jefe" según la propia Traudl. Convivió con él prácticamente a diario desde diciembre de 1942. Hitler siempre era atento y muy amable con la gente que le rodeaba. Era la figura más importante de Alemania, y era idolatrado como una "estrella del Pop". Es normal que Traudl poco a poco se viera totalmente eclipsada por aquel siniestro personaje y lo llegará a considerar casi como una figura paterna de la que no gozaba desde los cinco años.

Desde 1942 la vida de Traudl Junge se desarrollaría en Berlín, Berghof, Berchtesgaden, la Wolfsschanze y el Führerbunker. Durante los años de guerra, Frau Junge también desarrollo cierta aversión hacia los militares, por lo que solía comer en privado con Hitler y sus compañeras. Se acostumbró también a la vida rutinaria de Hitler: levantarse tarde, comer, descansar, tomar café, descansar, cenar tarde, ver proyecciones de películas y marcharse tarde a la cama: en torno a las 5 de la madrugada.

También fue testigo directo del intento de magnicidio del 20 de julio de 1944. Ella misma comenta lo que vio aquel día en el que Hitler lograba salvar la vida:

«Fuimos a nuestro cuarto y de pronto hubo una terrible explosión y ruidos en el exterior [..] No sabíamos que estaba ocurriendo, pero de pronto hubo gran jaleo en el exterior. Alguien llamo a un doctor. [...] Algo había ocurrido. [...] Cuando salimos al exterior había soldados corriendo por todas partes que nos dijeron: - No podéis ir más lejos. Ha habido una explosión causada por una bomba. Y no conocíamos ningún detalle [..]. Queríamos ir al interior para ver que había ocurrido pero se nos acercó un oficial totalmente ensangrentado, el General Jodl, creo, y el mayor Weizenegger, uno de los oficiales del Estado Mayor y nos dijo: – No se puede entrar por aquí. Tenéis que dar la vuelta. [...] No sabíamos si el Führer había muerto y teníamos muchos pensamientos corriendo por nuestras cabezas: ¿Que va a pasarnos? o ¿Quién nos liderará en la guerra? Era una atmósfera de extremo pánico. Volvimos a nuestros cuartos y esperamos. Gunsche vino a nuestro cuarto poco después y nos dijo: – El Führer está bien. [...] Marchamos al Bunker y le encontramos de pie, y parecía muy contento con una gran sonrisa en su cara. Su pelo estaba revuelto y sus pantalones hechos jirones. Nos saludó y con una sonrisa triunfante nos dijo: – He sido salvado. El destino me ha elegido y la providencia me ha salvado. Es un signo de que debo seguir con mi misión hasta el final. Esos cobardes estaban demasiado asustados para abrir fuego y poner en riesgo sus vidas y por eso han puesto la bomba.»

A principios de 1945, Traudl se trasladó junto con el resto de personal de Hitler al bunker de la Cancillería del Reich donde viviría los últimos días del régimen al que había estado sirviendo durante 3 años. La noche del 20 al 21 de abril, Hitler se reunió con sus secretarias y mujeres de su servicio, así como sus secretarias, rogándoles que abandonaran Berlín. Algunas quisieron quedarse y Taudl fue una de ellas. La noche del 28 de abril, Traudl asistió a la boda de Hitler con Eva Braun y minutos después mecanografiaba el Testamento Político de Hitler.


Se marchaba poco después del Bunker en compañía de Günsche, Erich Kempka y Martin Bormann. Fue capturada por los rusos y estos se la entregaron a los estadounidenses. Sometida a interrogatorios sería puesta en libertad en 1947. Su relativa juventud y su ignorancia sobre temas de estado fueron la llave para su liberación.

Tras recobrar la libertad se convirtió en periodista y colaboró con diversos medios de comunicación. En 2001 publicó junto con Melissa Müller un libro titulado Hasta la Hora Final en que relataba todas sus experiencias con el régimen de Hitler. También grabó una entrevista de 90 minutos (que es un resumen de más de 10 horas de duración) poco antes de morir y a pesar de su enfermedad, un cáncer galopante.
Durante el resto de su vida Traudl nunca se escondió y nunca negó su pasado. Es más, su nombre podía ser fácilmente localizado en la guía de teléfonos de Múnich.

Declaró estar en contra de las atrocidades del régimen de Hitler, afirmando que durante su servicio como secretaria personal del Führer nunca llegó a saber nada del Holocausto ni de otros temas relacionados y que en su presencia nunca se mencionó la palabra Jüden (judío).

Siempre crítica sobre su pasado, hablaba con admiración y odio al hablar de Hitler. Y eso es lo que arrastró durante toda su vida.

«Tengo la sensación de que debería estar enfadada con aquella niña y con esa tontería infantil, o que no debería perdonarla por no ver los horrores, aquel monstruo, pero ya fue demasiado tarde, por no ver en qué se estaba metiendo. ¿Cómo pudo aceptarlo sin más? Yo no era una nazi convencida. Al llegar a Berlín pude decir "No, no participaré. No quiero que me manden al despacho del Führer". Pero no me negué. Me pudo la curiosidad. Simplemente nunca pensé que el destino me llevaría donde nunca había querido estar. Y sin embargo, me es muy difícil perdonarme

Biografía recogida en el libro EL BUNKER DEL FÜHRER. También disponible una edición de LUJO.
Nota: Las biografías aquí recogidas son un resumen de las aparecidas en el libro citado.

lunes, 2 de mayo de 2011

LA ÚNICA VERDAD DE LA GUERRA ES QUE MUERE GENTE.

La guerra es un horror donde las propiedades se destruyen, los campos se devastan y, lo más valioso, se pierden vidas humanas. No importa que bando tenga razón, ni cuales son los motivos que conducen al conflicto, ni si esta es legal o no o si es una guerra defensiva o de conquista. Lo cierto es que es una pesadilla donde la muerte, el sufrimiento y la sangre son omnipresentes. Sólo hay que recordar las bajas producidas durante la Segunda Guerra Mundial para darse cuenta de ello y de la terrible escalada que, progresivamente, ha realizado la raza humana en su afán de destruirse a si misma. Se baraja la cifra oficial de unos cincuenta y cinco millones de muertos, una cifra que a nuestros oídos suena vacía y fría, (sobre todo por el embrutecimiento moral que nuestra actual sociedad va acumulando junto a las pérdidas de los valores más elementales), pero que quizás puesto de esta manera nos haga reflexionar: 55.000.000 de muertos.

Entonces, siendo la guerra algo tan brutal y sangriento, ¿qué tiene para que las personas diriman de tal manera sus diferencias y porque nos atrae tanto? A la primera cuestión no podemos responder, porque no es el momento y eso lo llevan intentando mentes más preclaras que las nuestras desde hace siglos, pero en cuanto a la segunda cuestión, el porque nos atrae tanto, podemos decir que la guerra tiene un componente épico y aventuro que es el que nos hace sentirnos atraídos por ella, por su estudio y vicisitudes, también por su descarnada violencia.

En el mundo políticamente correcto que nos toca padecer en la actualidad, decir que la guerra nos interesa por su componente épico o violento es como mínimo invitar a los demás a que nos tachen de violentos, de extremistas políticos y a que se nos tache de amantes de la guerra. Algo completamente absurdo, porque la guerra forma parte, por desgracia, de la Historia del ser humano y como tal no hay que olvidarlo y hay que estudiarla para aprender de los errores cometidos para no volver a recaer en ellos, cosa que, por desgracia, es una lección que no terminamos de aprender. Por eso, podemos sentirnos atraídos por la violencia desmedida de la guerra, por su épica violenta y no por eso ser nosotros mismos violentos.

Dentro de la guerra el componente épico se vislumbra en el movimiento táctico y disciplinado de las tropas, de la gestión de los recursos o de las tremendas batallas donde máquinas y hombres se confunden en una vorágine de acción y crueldad. Pero también en la valentía de los soldados y oficiales que con sus acciones y pensamientos conforman aquello que se denomina "héroe". Dentro del ejército alemán de la Segunda Guerra Mundial hubo hombres que destacaron por encima del resto, soldados que fueron más allá del cumplimiento del deber, que lucharon por su país y sangraron y sufrieron abundantemente por ello (algunos incluso murieron), aunque, como no nos cansamos de repetir los autores de esta obra, lo hicieran por unos ideales equivocados. Sus hazañas brillan en los Diamantes de sus Cruces de Caballeros y quedarán para siempre reflejadas en las páginas de la Historia, porque, mal que nos pese, la guerra, como ya se ha dicho, forma parte del conjunto del ser humano.

Todo aquel que se acerca para leer este libro es porque le atrae el estudio de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más salvaje de todos, y porque siente que forma parte de aquellos soldados que protagonizaron acciones de valor y honor que parecen sacadas de películas de acción. Incluso el más desapasionado estudioso de la historia bélica no puede por menos sentir como el corazón le palpita un poco al conocer las historias de estos veintisiete héroes alemanes, y no puede evitar que la mente le viaje a esos duros momentos a esas batallas y sueñe con un poco de gloria, con un momento de cruda emoción que le haga sentirse más vivo y un héroe. Se imagina a si mismo empuñando un fusil, o quizás un reluciente sable, notando el poder que te confiere un arma, impartiendo órdenes a sus soldados o, porque no, cargando heroicamente contra el enemigo, para honra de su uniforme y admiración de sus iguales. Sí, eso es la épica de la guerra, lo que atrae a tantos a su estudio o a creer en ello, pero son pensamientos y creencias erróneos, fruto de la ignorancia, porque la guerra es un horror donde lo único cierto es que la muerte es tu constante compañera.

No existe la épica, no existe la gloria, y solamente los criminales o los dementes pueden regodearse con la guerra, con el sufrimiento y la destrucción de amigos y enemigos. Los soldados de verdad, los guerreros que hacen de la guerra su profesión, saben que no existe gloria ni épica alguna en la contienda y por eso la desaprueban, intentando por todos los medios no tener que empuñar las armas para solucionar los conflictos una vez más. Mas cuando se llega a eso, estos soldados cumplen con su deber con patriotismo, con celo y con profesionalidad, porque son los defensores de sus valores y de la patria que les vio nacer, de aquello que aman con tanta fuerza y pasión, que sacrifican sus vidas sin pensarlo. Por eso son héroes. A pesar de tener que combatir contra fuerzas superiores en soldados y armamento, a pesar de tener que luchar en multitud de frentes, siempre en pésimas condiciones, heridos, agotados, sabiendo que no pueden vencer, intuyendo o, en muchos casos, con la certeza de que un loco sanguinario es quien les guía, imbuidos por el sentido del deber y por la fuerza que les confería una larga tradición militar, tuvieron que dejar de lado sus temores, recelos y el horror que la guerra les hacía sentir para combatir por su país y contra un enemigo superior. Con todo esto en contra, aún tuvieron victorias en sus haberes y lograron proezas militares inimaginables.

Es entonces cuando se convierten en algo más que héroes: en Caballeros de la Cruz de Hierro. Y cuanto todavía van más allá, cuando osan cruzar esa línea y en medio de tanta destrucción y muerte siguen combatiendo con honor y valentía, entonces obtienen la inmortalidad en la forma de los Diamantes.

Pero estos Caballeros no alaban la guerra, no hablan de épica o de gloria, en sus cansados ojos, en sus resignadas posturas descubrimos la repulsa que sienten hacia el espanto que es la guerra, pero es su profesión, son los mejores en lo que hacen y lo saben, para su desdicha. Su tragedia es mayor cuanto que pelearon por una idea abominable, por una Alemania dominada por el nazismo que pretendía imponer su régimen de terror en todo el mundo, por un Führer megalómano que no supo estar a la altura de tan insignes héroes y por unos oficiales superiores, en su mayor parte nazis, que cegados por un artificial brillo de invulnerabilidad, pensaban que la épica y la gloria les esperaban en el campo de batalla. Un gran error que pagaron cincuenta y cinco millones de muertos.

“El Hombre, la mayor creación del Universo, es aquí humillado y asesinado para diversión de otros hombres". Seneca.

Este es un extracto de los libros CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO, EN GUERRA, y DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO escritos por los autores Juan Carlos Sánchez Clemares (autor también de la trilogía CRÓNICAS DE UN CONQUISTADOR) y J. A . Márquez Periano (autor de CABALLEROS DE LA MEDALLA DEL HONOR). Ambos libros publicados por MEDEA EDICIONES. Puedes encontrar muchas más información al respecto en las dos obras.

domingo, 1 de mayo de 2011

Evans, Ernest



Evans, Ernest Edwin, nació el 13 de agosto de 1908 en la tranquila y próspera ciudad de Pawnee, en el estado de Oklahoma. Era descendiente de nativos americanos (mitad cherokee y un cuarto de indio Creek), aunque solamente heredó un ligero tono bronceado en su piel.

Evans pasaría a la historia gracias a su brillante participación en una de las batallas navales más impresionantes y desconocidas de la Segunda Guerra Mundial: la Batalla del Golfo de Leyte, que formaría parte de la conocida Batalla de Samar.
En el Golfo de Leyte habían desembarcado 200.000 soldados americanos para recuperar las Filipinas, y cortar así las líneas de suministros de los japoneses. Si los nipones perdían las Filipinas, sería el fin de sus suministros en esa zona, dado que Japón por si solo no podía sostener una economía de guerra.

La fuerza central nipona que estaba delante de los americanos estaba compuesta por 4 acorazados, 6 cruceros pesados, 2 cruceros ligeros y 11 destructores. Sólo el Yamato tenía 6 cañones de 45 centímetros y pesaba lo mismo que todos los buques del Taffy 3 juntos: 72.00 toneladas a plena carga.
El Taffy 3 no tenía nada que hacer contra el gran Yamato, el acorazado más grande de la historia, y mucho menos contra toda la fuerza central japonesa. Los americanos contaban con 6 portaaviones de escolta, 3 destructores y 4 destructores escolta. Los barcos americanos estaban armados con cañones de 12 centímetros. Así comenzaba la batalla de Samar. Y uno de aquellos destructores estaba al mando de Evans. ¿Qué podría hacer el minúsculo barco de Evans?

Los americanos estaban muy relajados porque pensaron erróneamente que la fuerza central japonesa se había marchado al norte a combatir contra la 3ª Flota. Pero no fue así y David y Goliat se enfrentarían en alta mar.
Esta batalla tuvo lugar el 25 de octubre de 1944, siendo una de las batallas navales más épicas de la 2ª Guerra Mundial. A las 6:30 horas de la mañana, los japoneses abrieron fuego sobre el Taffy 3. Los poderosos cañones del Yamato comenzaron a entrar en acción. Los japoneses tenían que destruir a esos buques, los únicos barcos que protegían a los americanos en las playas de Leyte.


¿Y que hicieron los americanos? Los 6 pequeños portaaviones se situaron dentro de un círculo defensivo creado por los destructores, pues la principal prioridad de la flota americana era proteger los portaaviones. Viraron hacia el este para huir lejos de la flota japonesa. Hicieron despegar a todos sus aviones: 150 Wildcats y Avengers que lucharían contra los destructores y acorazados enemigos, consiguiendo impactos directos en varios buques enemigos a lo largo de la batalla.
Los destructores americanos crearon a continuación una barrera de humo protectora, formada a partir de la quema de botes de humo químico y fuel directamente en las chimeneas para crear humo negro. Esto ocultó la retirada de los portaaviones, pero expusó a los destructores al fuego enemigo.
El destructor más cercano a la fuerza japonesa era el USS Johnston al mando del Capitán de fragata Ernest Evans que no estaba dispuesto a esperar a que el enemigo atacara de nuevo. Decidió lanzar una ofensiva por su cuenta sin esperar ordenes. Desde luego, estaba claro que era una misión suicida, pero aún así sus hombres no protestaron y pusieron velocidad máxima hacia la flota de Kurita.
Su idea era lanzar un ataque con torpedos, pero para ello debía acercarse a 5 millas y media, pero la artillería naval japonesa podía alcanzar 5 ó 6 veces esa distancia. Los japoneses abrieron fuego desde una distancia inalcanzable para la artillería americana. Evans ordenó a su tripulación perseguir piques mientras el barco zigzagueaba huyendo de los disparos de la flota nipona. Esta es una táctica defensiva que consiste en navegar hacia las grandes columnas de agua producidas por los disparos de barcos enemigos, suponiendo que los artilleros no dispararan al mismo lugar.
Consiguió alcanzar las 10 millas, distancia de ataque para sus cañones. Abrió fuego sobre el crucero Kumano. En pocos minutos su batería lanzó unos 200 disparos. Sus proyectiles de 24 kilos acertaron en el barco japonés. En unos pocos minutos sus torpedos estuvieron listos.
El barco de Evans era un Destructor de 2.100 toneladas, especializado en cazar submarinos. Un barco que era llamado por los marineros "lata" por su falta de blindaje. El Kumano era 6 veces más grande, y estaba fuertemente blindado de proa a popa. El armamento superior del Kumano lo hacía imbatible. El Johnston solamente tenía 10 torpedos modelo 15 y 5 torretas de 12 centímetros. Continuó su trayectoria hasta situarse a distancia suficiente para disparar los torpedos, y a pesar de que varios barcos japoneses dispararon contra él, los artilleros japoneses fueron incapaces de impactar al rápido destructor. Disparó los torpedos y comenzó a alejarse. En pocos minutos se produjó una violenta explosión en la proa del Kumano. El crucero japonés había sido alcanzado y dañado. Con la proa seccionada, el barco herido se retiró del combate, y otro crucero le acompañó como escolta. En 10 minutos, la valiente acción de Evans había puesto fuera de combate a 2 cruceros.
Ahora se encontraba a 7 millas del acorazado Kongo, una distancia ideal para que este disparara. A las 7:30, el Kongo abrió fuego sobre el barco de Evans. Los proyectiles de 680 kilos atravesaron con suma facilidad la cubierta del USS Johnston y consiguieron acertar en la sala de maquinas. El barco vió su velocidad reducida a la mitad, convirtiéndose así en una presa fácil para los artilleros nipones.
Segundos después, otros proyectiles destrozaron el puente. Muy seguramente fueron disparos provenientes del Yamato. Este impacto paralizó las torretas porque eran electrónicas y eran dirigidas desde el puente. Evans estaba gravemente herido, pero a pesar de ello no cedió el control de la nave a otros oficiales. Con este trágico panorama, se dirigió al timón de popa para continuar con la gobernabilidad de la nave, aunque a su alrededor había heridos, sangre y metal quemado. Era una carnicería. Los equipos de reparación del barco milagrosamente consiguieron, a pesar del infierno que había a bordo, reparar dos de cinco torretas y continuar luchando.
A las 7:34, otro destructor americano, el destructor de escolta USS Samuel D. Roberts, un destructor de 1.250 toneladas, 2 cañones y 3 torpedos, entró en acción. El primer barco con el que luchó fue el Chokai, un barco el doble de largo, diez veces más pesado y muchísimo mejor armado si lo comparamos con el Roberts.
El Roberts pasó cerca del Johnston. Uno de los marineros del Roberts, Jack Yusen, recordaba años después en una entrevista, como vió en aquel momento al Capitán Evans en la cubierta de su barco, visión que le alentó:

«Allí en la popa estaba el capitán Evans dando órdenes, y cuando le vimos gritamos: ¡Mirad, es el Capitán Evans, Dios mío! Y cuando pasamos a su lado nos saludó. Hizó un rápido saludo militar a nuestro capitán».

Camuflado por el humo, el Roberts consiguió aproximarse a una distancia de solamente dos millas y media del Chokai. El Chokai disparó contra los americanos, pero estos se habían acercado tanto que no podían ajustar sus cañones, y los tiros de los artilleros pasaron por encima del destructor estadounidense. Dispararon sus 3 torpedos… ¡consiguiendo impactos directos en el crucero pesado! A continuación, atacó con lo que le quedaba, sus dos cañones de 12 centímetros que comenzaron a disparar a las partes más vulnerables del barco japonés.


Ya era imposible mantener el barco a flote, por lo que a las 9:45, Evans dió la orden de abandonar el barco. 25 minutos después, el destructor se hundió bajo las aguas del Pacífico. Se habían perdido 186 vidas, pero habían logrado lo imposible. Kurita ordenó regresar a casa y dar por terminada la misión pese a tener 20 barcos aún intactos: la determinación de pilotos y de las tripulaciones de 2 destructores habían salvado a MacArthur. La batalla de Samar había concluido. David había derrotado a Goliat. Hubo varios cientos de supervivientes, pero el destino de Evans nunca fue aclarado del todo. Algunos superviviente dicen que fue tiroteado desde los barcos japoneses, otros dicen que fue capaz de saltar en una balsa. Lo único cierto, es que estaba gravemente herido cuando ordenó abandonar el barco, y que no se encontraba entre los supervivientes rescatados. Evans sería condecorado con la Medalla del Honor a título póstumo por su contribución decisiva a la victoria en la batalla del Golfo de Leyte.

Biografía recogida en el libro CABALLEROS DE LA MEDALLA DEL HONOR.
Nota: Las biografías aquí recogidas son un resumen de las aparecidas en el libro citado.